UNA LEYENDA : MONTAÑA ROJA

UNA DE LEYENDA – MONTAÑA ROJA

Sobre Granadilla, ascendiendo suavemente desde la playa, con el mar como base, se eleva en figura de cono truncado por un cráter volcánico la extraña Montaña Roja, de curiosa leyenda. De la mitad superior hasta el cráter, la tierra de aquel cono de lava es roja, muy roja. Un carmín muy vivo tiñe su superficie, una extraña púrpura entinta sus rápidas vertientes. Cuando el sol de la mañana la alumbra dijérase que un influjo volcánico la enrojeció de fuego; cuando el sol del medio día la ilumina, creyérase que un gigante rubí muestra sus reflejos purpúreos; cuando, al atardecer, se tiende cansado sobre la montaña, pensarese que un coágulo de sangre se eleva sobre la mar inmensa.
Y dice la leyenda guanche… ! Vaguá era el guanche más valiente que habitaba en Tinerfe. Nausú era el más sentimental: un poeta que no sabía de estrofas, ni de versos. Un adivino del amor. Ivna era la hembra grosera, sin delicadezas ni dulzuras. La mujer sin belleza espiritual ni física, incapaz de inspirar pasiones a los hombres. Vivían juntos, eran hermanos. Y fue una tarde de otoño, cuando el viento comenzó a zumbar lúgubremente, cuando la lluvia cayó a torrentes y los profundos barrancos de Nivaria corrieron copiosos y arrastraron con sus aguas el ganado, las plantas y los hombres… El mar se encrespó. Sobre las escarpadas costas batieron las olas con violencia y sobre el negro roquedal de la playa el agua produjo un ruido seco, como una explosión satánica. Los guanches refugiándose en sus cuevas y postrados de hinojos, besaron la tierra, implorando la protección del cielo, la misericordia de Dios… Ivna, Nausú y Vaguá, abrazados en la miserable covacha, musitaban sur salvajes oraciones, trémulos de terror ante la hecatombe que se avecinaba. Pedían clemencia al viejo Echeide, al coloso volcán, que era su Dios. Toda la noche vibró la voz siniestra del huracán, que arrancaba de cuajo los grandes árboles seculares y estremecía el suelo con sacudidas de titán Cuando las nubes se corrieron, dejando un cielo azul, hermoso e inmaculado; cuando las aguas de los barrancos decrecieron, cuando el mar aplacó sus furias y como rendido de sus esfuerzos por destruir la tierra, quedó en calma, casi sin mover la superficie de sus aguas, transparente y limpio, como el cielo; cuando la naturaleza brindaba vida a los mortales y el sol lo calentaba todo, comenzó otra tormenta, una tormenta trágica y sombría, entre dos almas salvajes, entre dos espíritus rudos, ciegos de superstición y de bárbaras creencias.

11200770_917188778319636_5686501528429966594_nUna atrevida carabela cruzó frente a Tinerfe, cuando el violento huracán arrasaba la tierra. La débil nave se defendió de las inclemencias del temporal, pero el viento quebró sus palos, el agua inundó su seno y un rayo quemó sus maderas y sumergiéndola en el fondo del Atlántico… Era la carabela Texis, a bordo de la cual navegaba una princesa india y su enamorado señor, muy viejo, pero más celoso que anciano; rico, pero más cruel que adinerado y poderoso. Cuando la Texis se incendió el viejo príncipe indio, que bien sujeto por dos de sus criados, contemplaba desde la cubierta del buque el encrespado mar, mandó que lo soltaran y se internó en el interior de la carabela, desapareciendo en la cámara donde la princesita de cabellos rubios y de ojos verdes yacía sin sentido por efectos del horror y el miedo a la muerte… El príncipe volvió a cubierta, Llevaba entre sus brazos un precioso cofre de ébano, en cuya rica madera se incrustaban variadas piedras preciosas de mil colores. Lo cerró fuertemente y se arrojó al agua, siempre abrazado a él. Poco después de hundirse en el mar, se hundía, también, la Texis, dejando tras de si, tan sólo una espesa nube de humo… * * * Vaguá, Nausú o Ivna, trepados sobre una roca de la playa, contemplaban los restos del naufragio. Ivna fué la primera que habló. —Hermanos, mirad al fondo del mar. ¿No veis que cosa más hermosa, cómo brilla? —Es verdad— asintieron Nausú y Vaguá mirando atentamente. La superficie tranquila del mar lo hacía transparente, y como a través de un fino cristal podían distinguirse todos los objetos que se hallaban en el fondo. Nausú se decidió. —Yo iré— dijo. —Detente, iré ye— objetó su hermano. Y Vaguá, él más diestro, se lanzó al agua, sumergiéndose rápidamente y reapareció pronto trayendo entre sus brazos un precioso cofre de ébano incrustado de oro, plata y pedrerías… Ya en la playa, se sentó en la arena e intentó abrirlo con sus manazas de hierro; pero la tapa no cedía. —Vaguá… espera— gritaban sus hermanos, mientras se acercaban al tesoro hallado. Cuando Nausú o Ivna llegaron cerca de Vaguá; ésta interrogó ceñudo. —¿Qué queréis? —Eso, que es mío— respondió Ivna. —Lo he visto yo antes que nadie, me pertenece. —Es mío— objetó Vaguá. —He sido yo quien lo sacó del fondo. —Es de todos— replicó el poeta. —Por que nadie nos lo ha dado y los tres somos hermanos. —Pues será mío siempre. —Será mío. —Será de quien le toque en suerte— propuso Nausú. —Acordaos de la tormenta pasada. Acordaos que llamasteis mucho a Dios y que si Echeide quisiera, otra mayor arrasaría la tierra. Hay que temerle, no seáis malos. Sortead ese tesoro, para que tenga un amo, pero que sea de todos, que todos podamos recrearnos en él…. Tres piedras de igual tamaño tomaron del suelo de la playa. Con otra piedra afilada hicieron a cada una un signo diferente y después de agitarlas un instante, dejaron caer al suelo una de ellas. Cayó la de Vaguá, suyo era el preciado tesoro. La hermana no pudo contener su envidia, pero se resignó. El poeta despreció el tesoro y se sonrió franca y alegremente. Alrededor del afortunado agrupándose ambos. Con un trozo de palo hicieron palanca en la tapa de la artística caja y esta se abrió súbitamente. Muchos amarillosos pergaminos cubrían su parte superior. Los guanches posaron cuellos sus ojos e ignorantes de lo que dirían aquellos signos, aquellas letras que en los papiros estaban escritas, los arrojaron al viento. De pronto, un grito de sorpresa se escapó de todas las bocas.

10672286_917188681652979_8451147148797936065_n La diestra de Vaguá aprisionaba entre sus dedos unos hermosos cabellos rubios que nacían de una preciosa cabeza de mujer. Era de la princesa india. Estaba muy pálida, muy pálida, pero sonreía, parecía vivir. Sus ojos estaban entornados y su cuello, tronchado por salvaje cuchillo, era como el marfil, de una blancura deslumbrante. Al percatarse Vaguá de lo que había tomado en su mano, hizo ademán de arrojarlo al mar… —Espera— le detuvo Nausú. —Esa cabeza debe ser enterrada en el ataud que la trajo a estas playas, en su ataud… Dámelo, hermano. El salvaje poeta, que nada sabía de estrofas, ni de versos, había —¡extraña aberración!— experimentado en su alma la sacudida de una absurda e inverosímil pasión. Pidió el cofre con la cabeza: el cofre no lo apetecía; no quería la riqueza de la vida, aspiraba a la belleza de la muerta, más temía confesar su loco amor. Pero cuando sus hermanos se lo negaron, entonces olvidó sus temores y suplicó con ahínco la hermosa cabeza de la princesa india. Ya no le importaba rebelarlo todo… ya no temía decirlo… Lo diría. —Dádmela, hermanos, Esa cabeza es mía, mía sola. Yo la amo… La hembra horrible, que no sabía de amores, sintió la envidia nacer en su alma. —No, Vaguá no se la des. Arrójala al mar… Está loco, ¿No ves?… Está loco… —Dádmela, dádmela, por ese viejo Echeide… Mirad que os amenaza. Acordaos de la tormenta… —No, loco. ¿No ves que es de una muerta? Teme a Dios, Eres tú quien debes de temer al viejo Echeide… Una nube cegó los ojos y la conciencia del poeta cuando vió que su hermano, asiendo la cabeza de la princesa india por los cabellos, la volteó en el aire, con idea de lanzarla al mar… La locura se apoderó de él y saltando sobre Vaguá, con una enorme piedra en la mano, lo golpeó bárbaramente. Vaguá cayó al suelo desplomado mientras Ivna huía horrorizada. Nausú se inclinó a su hermano, le arrancó de las manos la cabeza de la muerta princesa y encerrándola nuevamente en el cofre, corrió hacia una cónica montaña que se elevaba desde la playa aquella. En la misma cumbre depositó el preciado tesoro. Bajó después jadeante a la playa, cargó a sus hombros el cuerpo de Vaguá y volvió a la cumbre. Pero cuando el cuerpo de Vaguá descansó en tierra, un chorro cálido de sangre salió de su cabeza destrozada, rodando, como si fuera lava, por la cónica montaña. El cuerpo de Vaguá desapareció y un cráter enorme se abrió en la cumbre por cuyo hueco brotaba sin cesar sangre que teñía de rojo la tierra. Nausú huyó despavorido, siempre cargando su tesoro. Llegó hasta la playa. Pero la sangre, tenaz, le perseguía. Abrió el cofre, y asiendo entre sus manos la cabeza de la princesa, la besó ansiosamente en la boca que sonreía, mientras la ola encendida lo sepultaba lentamente. . . . . . . . . . . . . . Cuentan los magos del Sur que cuando el mar está tranquilo y las aguas cristalinas, se distingue desde la cumbre de la Montaña Roja, un precioso cofre de ébano y piedras preciosas en cuyo seno descansa una pálida cabeza de mujer…
Romualdo G.ª de Paredes.
Santa Cruz de Tenerife 26 10 1919.(Nieves)

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